lunes, 14 de septiembre de 2015

Cuando alguien te recuerda que existe la magia y que tú podrías encontrarla.

Cuando llegaste ya me habían hablado de ti. Es lo que tiene viajar con luz propia desde edades tempranas, acabas alumbrando incluso a los “sinvida”.
Por eso ya sabía que viajabas sin maleta, que hacía mucho que te habías deshecho de los superfluo y llevabas tan solo una mochila con lo fundamental, sin quedarte con más de lo que pudieras cargar para el camino. Tenía claro que tenías una casa en que vivir, si definimos casa como edificio con paredes. Pero también sabía que las llaves de tu hogar las habías tirado cuando quedó vacío y que no tenías ninguna intención de volver a buscarlas porque tú sabías que los lugares son las personas que los habitan y allí ya no quedaba nadie a quien volver.
Las malas lenguas decían que el dolor te había arrancado del alma cualquier voluntad de compromiso, que eras un ganador con instintos suicidas con un “va todo al rojo” tatuado en la espalda. Pero yo te observaba fascinada, porque a mí me enseñaste las cartas desde la primera partida, a mí, de hecho, me enseñaste. De los demás aprendí.
Y conste que no acababa de entender cómo hacías para que las estaciones no pasaran por ti, para disfrutar de un eterno verano en la calle, tú que tenías alquilada una habitación en la que campaba a sus anchas el invierno. Me fascinaba cómo habías aprovechado tu pasado para conjugar con tal maestría el presente y me sorprendía tu falta de interés por el futuro.
La primera vez que sospechaste que me acercaba me advertiste que en tus amaneceres cabías tan solo tú y que nunca planeabas una noche pensando en un desayuno para dos. No captaste en mi sonrisa que esa historia ya me la habían contado, tampoco imaginaste que en mi mochila, como en la tuya, sólo había una pieza con valor que, por aquél entonces, apenas se elevaba un metro sobre el suelo.
Y mira que me lo habían advertido, pero enseguida supiste de mi carácter temerario. No me hacían falta para nada las opiniones ajenas, me bastaban mis ojos para saber que volabas muy alto, demasiado para ellos. A mí tampoco me interesaba llevar un copiloto, ni un lastre emocional que me hiciera reproches o intentara cambiarme.
Dejé de defender tu postura ante los otros, pero me convertí en el principal delantero de tu equipo. Seguían las advertencias de que tu tripulación eran sólo tus caprichos, de tus rarezas, de lo poco ortodoxo de tus métodos, de lo poco seguro de viajar a tu lado. Pero te diste cuenta de que yo detesto las salidas de emergencia, porque no son salidas y siempre desembocan en un callejón sucio, nunca en la playa.
Que yo entonces estaba recién licenciada en la facultad de “ni puto caso” y también sabía jugar y hasta arriesgarme a apostarlo todo al número de la noche en que me propusiste intentarlo. Por eso ya nació más grande que un intento.
¡Y cómo lo intentamos! ¡Hasta lo conseguimos!
Vinieron muchas de esas historias que cuentan las canciones y empezamos a robarle tardes a la primavera. Acabamos juntos con los “nunca” sin pararnos a pensar que los “para siempre” apenas pueden hilvanarse, porque aún no hemos descubierto la vacuna contra el azar.
Y fue… Y construimos mucho más de lo que habíamos imaginado, y nos reímos mil veces de la tarde en que nos advertimos de que era improbable, de que nosotros no.
Y hoy he vuelto a nuestro espacio sin motivo, tan solo fueron mis pasos que me llevaron allí. Un lugar que nunca compartiré con nadie porque sigue siendo nuestro aunque no estás.
Y es que ahora, a veces, me parezco peligrosamente a ti cuando te conocí. Y hago un doble mortal hacia atrás sin pensar que hoy tampoco tocaré fondo. Y, a veces, derrapo en esa curva que se me dibuja en la cara cuando te recuerdo. Porque, a veces, juego contigo al escondite y subo esquinas y doblo escaleras intentando cruzar una vez más al otro lado del espejo.
Muy pocas veces me paro a reconocer que te escondes detrás de cada una de mis letras. Que contigo fue el paraíso.
Que la vida no me avisó de que estabas de paso.

Risto.

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